A pesar de décadas de corrientes de ayuda significativa desde el extranjero y numerosas iniciativas para impulsar el desarrollo en África, se podría decir que el éxito está silenciado. El continente aún sufre niveles altos de pobreza y desempleo, corrupción descontrolada y centralización del poder en manos del ejecutivo. La regulación excesiva impide el crecimiento y obstaculiza el emprendimiento de negocios, lo que lleva a los empresarios hacia el sector informal, dominante en la mayoría de las economías. Todos estos factores entorpecen el avance de las instituciones democráticas y orientadas al mercado.
En el lado positivo, varios estados han visto aperturas democráticas en los últimos años, la cantidad general de conflictos ha disminuido y los gobiernos implementan cada vez más políticas orientadas al mercado para impulsar el crecimiento económico. Al mismo tiempo, la irrupción de violencia en Kenia puso de manifiesto que incluso en los países donde se han iniciado reformas democráticas y de mercado, éstas todavía no están arraigadas y son frágiles.
El reto para África es pasar de las reformas básicas a los cambios fundamentales de sus instituciones para favorecer la libertad democrática y el crecimiento liderado por el sector privado. Para lograr este objetivo, los gobiernos deben adoptar controles y balances efectivos, y ser más receptivos con sus ciudadanos. En resumen, África debe transitar hacia la prosperidad a través de una mejor gobernabilidad, un imperio de la ley fortalecido e instituciones más transparentes y responsables. La necesidad de contar con más libertad económica para acompañar los cambios democráticos también sigue siendo vital si se pretende que el continente salga de la terrible situación económica en la que se encuentra.